CAPITULO XIII- VACACIONES

CAPITULO XIII

¡VACACIONES

Estaba claro que después de tan arduo trabajo me había ganado unas merecidas vacaciones. No tenía muchos días, puesto que oficialmente solo llevaba en nómina unos meses, pero los siete días que me correspondían podían dar bastante de sí. Total para las fechas que eran, quién iba a quererme fastidiar el plan. Mis compañeros ya las habían disfrutado en verano porque con la excusa de que yo iba a estar en Astoria solo por unos meses, pues cada vez que se hacía el cuadro de vacaciones, a mí que me diesen morcilla, porque según ellos, como para el siguiente verano ya me habrían trasladado..

Si si, y aquí sigo yo después de tres años largos, sin elegir vacaciones. Aunque este último verano gracias a que Gerardo es más raro que un perro verde y siempre las elige en fechas digamos, diferentes, para recoger las patatas que tiene plantadas, he podido tomarme unos días en agosto que si no ya me veo yo disfrutando del buen tiempo que hace en febrero de por vida... Pero bueno, a lo que íbamos, mis primeras vacaciones.

No tenía ni idea de lo que iba a hacer, pero ¡Dios!, las quería y las quería, aunque fuese para ir a regar la huerta que no tenía.

Siete hermosos días para hacer lo que me diese la santísima gana, sin oír hablar de la Caixa, ni jefes que me persiguiesen hasta en sueños, con Marieta haz esto o aquello. ¡Qué gusto, madre mía!, y encima había ahorrado un poco para podérmelo gastar  en esos días...

Estaba pensando en todas estas cosas, tranquilamente tumbada en mi sofá, cuando  para no variar, sonó la horrorosa chicharra del teléfono sacándome de mis sueños.

- Las cinco y cuatro -, dije en alto mientras miraba el reloj. Quién llamará a estas horas.

- ¿Digamé?

- Dígame-, respondió una voz neutral al otro lado con cierto retintín que no conseguía identificar.

-¿Si?-, pregunté de nuevo ofendida por el cachondeo. No me dio tiempo a enfadarme de verdad porque  según oí otro si entre risas le reconocí.

-¡Eh, Franky, eres tu!.

- Si señorita -, me dijo. Su voz sonaba muy lejana, aunque no era de extrañar, ya que por aquellas él estaba en Austria.

 -¿Qué te cuentas?-, me preguntó.

-¿Qué qué me cuento?, ¿Qué te cuentas tú, que eres el que llevas tres meses fuera y es la primera vez que das señales de vida.

Si no fuese por tus escuetas cartas, pensaría que te han secuestrado. Le respondí un poco enfadada después de la alegría de la primera sorpresa.

Frank era un buen amigo que llevaba demasiado tiempo fuera de España, pero que cometió el error de prorrogar su estancia en el país más de la cuenta en su último viaje.

Y yo cometí el doble error de creerle.

De creer que de verdad se iba a quedar. Por eso, y aunque juro que me resistí todo lo que pude, al final, sucumbí a sus encantos.

No es que me enamorase perdidamente ni nada por el estilo. Supongo que llevábamos demasiado tiempo siendo amigos para ello, pero como por aquellas, ninguno teníamos otro compromiso, y llevábamos demasiado tiempo solos, pues empezamos a salir juntos.

Por cierto que cuando digo salir juntos, es solo eso, y nada más, no es un eufemismo de los que emplean ahora las parejas modernas para no emplear expresiones más fuertes como  “somos novios”. Lo malo, es que fueron 3 días bastante intensos, y cuando al segundo y medio me dijo que le había llegado una noticia buena y otra mala, no me quedó más remedio que ponerme a temblar.

Al revés que en las películas, le dije que empezase por la noticia buena, y me dijo que ya no iba a viajar más. Eso suponía, abandonar el Circuito (porque Franky es un entrenador de tenis de los que acompañan a las grandes figuras cuando viajan por todo el mundo y eso, aunque en la tele es muy bonito, para sus novias tiene muy poco de práctico, y yo me negaba en redondo a que, de salir, pasásemos a algo más, sí él iba a continuar trotando por esos mundos de Dios).

 Bueno, no iba mal la cosa, a lo mejor me salía un novio y todo, que después de tres años de secano, no estaba mal.

Ahora venía la mala. Se iba a abrir una academia a Austria. ¡Je! ¡Qué bien!, pero a mí que más me da que no viaje si sigue estando lejísimos... ¡Eso no se me hace hombre! ¡Conque había una buena noticia!, Pues no lo era para mí. Así que en resumidas cuentas, al tercer día de romance se fue con los austríacos y ahí se acabó toda nuestra relación de algo más que amigos, o buenos amigos, como dicen los famosos cuando todavía no han vendido la exclusiva de su nuevo amor.

Eso si, tengo que reconocer que me hizo polvo el haber sido tan blanda y haberme hecho ilusiones, porque, cuando uno lleva mucho tiempo solo, y aparece alguien tan terriblemente guapo y simpático como lo era Frank y para colmo de males te llevas a las mil maravillas, que te lo arrebaten de repente, es una tremenda injusticia, con lo agustito que estaba una pensando eso de ¡Hombres, para qué os quiero!...

Pues no pensaba darle el gustazo de decirle que le había echado de menos o algo así, ¡faltaría más!, así que continué nuestra conversación en tono de yo estoy bien ¿y tú?.

Él sin embargo, estaba por la labor de sincerarse.

 –Estoy agobiadísimo-, me dijo.

- Pues yo estoy encantada- respondí a mi vez, - el lunes empiezo las vacaciones, y no veo el momento de que lleguen.

-¿En serio? ¿Cuántos días tienes?-, preguntó animado.

- Pues entre unas cosas y otras ocho.

- Tienes pensado ir a algún sitio.

- En principio no, pero algo se me ocurrirá, el caso es que por fin tengo unos días de descanso.

-¿Por qué no vienes a verme?, yo voy a tener estos días sin mucho trabajo y podría enseñarte todo esto y....

- Espera, espera- le interrumpí -¿me estás pidiendo que vaya a Austria?.

-¿Y porqué no?, si total no tienes nada mejor que hacer, así nos vemos y....

Uy uy uy, que peligroso se está poniendo esto. - Ni hablar- Pensé.      - Ahora que empezaba a recuperarme del desengaño amoroso. Y además, no tengo mucho dinero para estas vacaciones, y Austria, me temo que debe ser un país bastante caro, el caso es que...

-¡Venga tonta!- continuo Frank. - Por favor, que tengo un montón de ganas de verte y hablar con alguien en español, estoy hasta la gorra de hablar en Alemán, que parece que hay que estar siempre enfadado para darle el acento adecuado.

- Hombre si es para que hables con alguien en español...-comencé yo- el caso es que estoy un poco  pobre, y un viaje así.

- Venga no digas tonterías. Yo te pago la mitad del billete de avión, y además, aquí lo tienes todo arreglado. Vendrás a mi casa, y además en el hotel del club tengo reservada una habitación permanentemente si lo prefieres....

- Déjame pensarlo, hoy es miércoles, y no sé si podré conseguir un pasaje para el fin de semana, y además...- , - y además prefiero no verte- pensé, pero no me atreví a decírselo. Así que quedamos en que me enteraría de las posibilidades que tenía de encontrar un pasaje. Al día siguiente Frank me llamaría para ver si podía ir.

Si alguno de Ustedes ha viajado a Austria, sabrán que es uno de los destinos más caros de Europa, por lo que después de patearme un buen número de agencias, llegué a dos conclusiones. Primera, que iba a ser más que difícil conseguir pasaje. Segunda, que si lo conseguía, me iba a costar un riñón.

Ambas podían ser buena excusa para no ir, pero por otro lado, la verdad es que me apetecía hacerlo... ¡el viaje, mal pensados!

No es que tuviese ganas de ver a Franky, solo que era una magnífica oportunidad para conocer Viena, ver un buen Ballet y todas esas cosas que se pueden hacer por allí... Así que - llamaré a Gema -. Me dije engañándome sobre mis verdaderos motivos.

Gema era una clienta que tenía una agencia de viajes en Astoria, con la que me llevaba muy bien, además habíamos ido juntas al colegio, y las Carmelitas imprimen carácter, con lo que  después de hacer varias gestiones, me consiguió un billete, según sus propias palabras, a precio de estudiante.

 Lo de estudiante debía ser de estudiante de Universidad Privada, pienso yo, porque veinte mil  duritos de nada, no me parecían a mí precisamente una ganga, pero bueno, contenta que solo iba a pagar el cincuenta por ciento con la subvención de Franky. Además, como era un vuelo económico, pues no era directo, lo cual, en vez de en inconveniente, se tornó en lo mejor del viaje. ¿Qué cual es la ventaja?, que me obligaban a hacer una escala en Milán   que duraría ocho horas, y allí vivían mis amigos italianos de la playa. ¡Genial!, así podría verlos. Por ello sin pensarlo más, encargué el pasaje.

 

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