Novata. Final de vacaciones

La travesía fue bastante agitada, ya que tuvimos que atravesar una tormenta que provocó algunas turbulencias en el aparato, por lo que, en una ocasión en la que el avión dio un salto más fuerte que los anteriores, terminé agarrándome del brazo de mi compañera de viaje, a pesar de no conocerla de nada, pero mira, así tuvimos algo de que hablar por un rato. ¡Menudos nervios!. Pronto pasaron los baches y un azafato muy majo y bastante reguapetón, nos ofreció un benjamín de champan, por la cosa de tranquilizarnos un poco, ¡vaya lujo!, y como total, nosotras no teníamos que pilotar...

 

Aceptamos encantadas, con lo que cuando llegué a Viena, entre los lambruscos  y el champan...bueno, se pueden imaginar, continuaba con la misma alegría con la que había llegado a casa de Rosario. Hasta acepté el teléfono del auxiliar de vuelo, que me ofreció, por si algún día iba por Roma y no tenía nada mejor que hacer...¡Si tendrá cara el tío!. La verdad es que en otras circunstancias, me hubiese enfadado, pero el día estaba resultando magnífico, y no era plan de enfadarme cuando por fin llegaba a destino.

Cuando desembarcamos, ya era de noche. Me encontré en una terminal en que todos los carteles estaban escritos en alemán, idioma del que no sé prácticamente nada más que eso de “gutten morgen” o “subanestugenbajen”, con lo que no tenía ni idea de hacia dónde debía dirigirme.

Hacia frío y apenas había gente a mi alrededor.

 No veía a Franky por ninguna parte, y para colmo me di cuenta de que había olvidado mi agenda en Madrid, por lo que estaba perdida si por algún motivo de última hora, no había podido irme a buscar al aeropuerto. ¡Madre mía!, a ver cómo contactaba con él. Maldito despiste.

Las pocas personas que venían en mi vuelo, ya habían salido de la estancia. Una horrible sensación de soledad me invadió, contrastando con la alegría, el sol, el vino y el cálido recibimiento que había tenido en Italia. -¿Por qué no me quedaría allí?-, me pregunté.

Las luces blancas propias del aeropuerto, lanzaban sombras grises sobre las paredes haciéndome sentir más pequeña y vulnerable, en un país extraño. A través de los altavoces se oían llamadas en un idioma que no conocía.

Pasaron unos minutos que me parecieron horas.

Alguien me golpeó por detrás en el hombro. Me di la vuelta asustada y le vi. No había una expresión de contento, ni siquiera me regaló los oídos con un “me alegro de verte”. Simplemente me dio un frío beso en la mejilla y mientras tomaba mi bolsa de mano me preguntó -¿qué haces con esa cara de conejillo asustado?.

 Me hubiera gustado  contestarle con un “yo  también te quiero, cariño”, que relajase un poco el ambiente, pero solo pude balbucear algo sobre ir a buscar mi equipaje.

Me condujo hasta la cinta transportadora donde mi maleta giraba junto a otras, y tras recogerla nos dirigimos al parking.

Todo era extraño, era como si incluso Frank fuese parte de ese paisaje frío y sobrecogedor, ¿estaría teniendo una pesadilla?.

 Fuera llovía.

Llegamos hasta una furgoneta que tenía pintado sobre el capo el logotipo de la academia de tenis que él dirigía. Abrió el portón lateral para guardar mi equipaje.

Una vez acomodados en el coche, me explicó que se había retrasado un poco por culpa de una exhibición que se había prolongado más de lo esperado.

- ¿Y a mí eso que demonios me importa?- pensé realmente enfadada.

Condujo hasta Viena. Ya en el centro tomamos un tentempié antes de dirigirnos rumbo a BadTatsmandorf, que era un pequeño pueblo donde estaba la escuela de tenis y también su casa.

No estuvimos mucho tiempo en la capital, ya que yo estaba bastante cansada, y pensé que en los próximos días tendría oportunidad de conocerla de día y en mejores circunstancias, así que nos fuimos enseguida.

¡Dios, qué metedura de pata!. Debí aprovechar mientras pude, volví de Austria sin conocer de Viena más que su aeropuerto prácticamente.

En el último momento, Frank se había quedado sin un entrenador, por lo que había tenido que hacerse cargo de sus clases en esa semana. Conclusión, trabajo de siete de la mañana a siete de la tarde cuando menos, y yo muerta de asco en un balneario de cinco estrellas cuyo precio por estancia rondaba las 500.000 pesetas semanales. ¡Y qué!, si yo me sentía como la princesa encerrada en un palacio de cristal.

Sin embargo, siempre he presumido de ser una mujer de recursos y optimista hasta lo imposible, por ello, después de dos días sin  verle  prácticamente, más que un rato a la hora de la cena, en la que apenas cruzaba unas palabras conmigo antes de poner el canal internacional para ver el partido de turno, decidí ponerle las cosas claras.

 No esperaba que se hubiese abalanzado a mis brazos, ni que me hubiese besado apasionadamente, pero lo que estaba pasando, ya era demasiado para mí.

Prometió que al día siguiente me recogería  pronto para ir  a la maravillosa piscina del hotel, tomar una sauna y después salir a cenar juntos.

¡Nuevo desastre!. Lo de la piscina, no estuvo mal. La verdad es que era un lugar de ensueño. Tenía una parte cubierta, rodeada de pequeñas cataratas, lagunas profundas, y un jacussi gigante, y por una portezuela flotante podías salir al exterior y disfrutar de un baño caliente al aire libre mientras llovía. Porque en Austria, por si no lo saben, llueve de lo lindo.

Una gozada, si señor, lo  de la piscina, claro, no lo de la lluvia, que a mí me deprime más que ir a trabajar en domingo.

         Después de estar un rato a remojo, decidimos ir a la sauna de vapor. Estaba en un piso inferior. Bajamos la escalerilla y tuve que esperar un rato a acostumbrar la vista, no había mucha luz y el vaho espesaba el ambiente. ¡Pero que estaba viendo!, Creo que  nos habíamos equivocado de camino y habíamos entrado en la de hombres, porque entre los vapores, pude ver que aquello estaba lleno de ¡tíos desnudos!, No es que fuese una mojigata, pero lo cierto es que una es muy pudorosa con lo propio, y más con lo ajeno, sobre todo, cuando no conozco.

         Franky empezó a reírse cuando me vio que daba la vuelta en redondo para tomar escaleras arriba la salida, como alma que lleva el diablo.

- Pero ¿dónde vas?-, me dijo burlonamente.

- Es que, creo, que esta es la de los hombres...

- No mujer, que es mixta.

-¿Mixta?,- me asombré, - pero si están desnudos.

- Claro, ¿y cómo pensabas entrar tú?

-  Bueno, yo....

-¿No me dirás que te da corte, no?, ¿O es que pensabas entran en bañador como los paletos?. Además aquí no está permitido -, continuó mientras, podríamos decir que literalmente me arrastraba de nuevo hacía la sauna, -NO seas tonta, que total una vez dentro no se ve nada -, me dijo mientas me alargaba una toalla limpia, del mismo montón  del que había cogido otra para si. Y sin más, se desnudó, se metió bajo la ducha que había junto a la puesta de acceso a la cabina.

- Te espero dentro - me dijo con la toalla en la mano.

Yo no sabía que hacer. Cuando desdoblé la toalla, vi que apenas tenía las dimensiones de los paños propios de los bidés, con lo que era imposible taparse mucho. Yo desde luego, no pensaba desnudarme así por las buenas. Vamos, que todavía no le había dado un triste beso en dos días y hora me iba a ver como mi madre me trajo al mundo, ¡ni hablar del peluquín, majete!, así que  estudiando bien el asunto, me di cuenta que mi pequeña talla me permitía, más o menos, sujetarme la diminuta toalla alrededor de la cintura, tapándome la braguita del biquini, que no pensaba quitarme ni loca. Hacer top less, bueno, pero convertirme por las buenas al nudismo integral era otro cantar.

 La verdad debo reconocer, que al asomarme por la puerta, vi que efectivamente con el vapor del interior  apenas se distinguía nada, así que me quité rápidamente el sujetador cuando no había nadie y lo escondí bajo la toalla para tenerlo a mano, y muy digna yo, entre en top less. ¡Que vergüenza!, ¡si seré pava, mira que tener vergüenza a estas alturas!. Pues si que estoy yo hecha una europea de narices...

Me senté junto a Franky y a pesar de  la falta de luz, me percaté de cual era la utilidad de la toallita. No era para tapar nada, sino para sentarte encima... ¡anda mira tu que higiénicos!

Intenté relajarme un rato, pero no dejaba de sudar, y no era precisamente por el calor de la sauna, así que fingí una pequeña indisposición a los pocos minutos, y decidí salir antes de que lo hiciese Frank para  poder vestirme tranquilamente. 

Ni que decir tiene, que el cachondeo que se pasó a mi cuenta fue monumental. Qué se le va a hacer, al menos conseguí que se riese por un rato...

La cena no fue mucho mejor, ya que Frank es un adicto al trabajo  con lo que se pasó toda la cena hablando de tenis. Bueno, eso fue cuando conseguí que dejase el ordenador que estaba desmontando en casa y con el que llevaba más de dos horas desde que volvimos de la piscina.

Imagínense si estaba yo desesperada, que a pesar del  corte que me da a mí lo de exhibirme en paños menores,  después de intentar llamar su atención durante más de una hora sin conseguirlo, decidí pasearme ante él, solo con la ropa interior y la combinación sobre la que luego debía ponerme el vestido, que era totalmente transparente.

Creo que cualquier hombre hubiera reaccionado, o al menos sus bajos instintos, pero Frank, era distinto. Levantó ligeramente la vista y sin mayor interés, ante mi pregunta de sí nos íbamos ya, solo respondió, -¿Vas a ir así?.

¡Increíble!, Nadie había conseguido machacar más mi ego en menos tiempo. En esos momentos, estaba deseando reincorporarme a mi vida como novata en Astoria, mi vida social en Austria estaba resultando más sosa que la vida sexual de una ameba. Y yo llevando trajecitos para ir al Ballet. ¡Ay Marieta!, otra vez te ha perdido tu ingenuidad...

Al día siguiente, decidí tomar cartas en el asunto, otra vez. Le pedí que me dejase  un coche, y así podría ocupar las horas en lo que él volvía de la academia, no vaya a ser que se le ocurriese llevarme otra vez a la sauna. Por muy típico que fuese del país ¡paso!, prefiero conocer otras costumbres por mi cuenta y riesgo.

Dicho y hecho, a partir de entonces me dedique a recorrer los alrededores, podía ir al pueblo a hacer la compra, llegarme a las ciudades cercanas, hacerle una visita a la academia e incluso me fui hasta Hungría. Así que de lo malo malo, pude pasar unos días más entretenida. Eso si, hablando hasta con los árboles, porque por la zona, nadie hablaba inglés, y mucho menos español,  menos mal que en el hotel conocí a una señora que me tomó por italiana, y como había vivido en Roma varios años, hablaba el idioma Por lo menos esto me permitía, de vez en cuando, cruzar unas palabras con alguien que me entendiese.

Por fin llegó el sábado y con ello, el día de regresar a mi querida España. Esta vez solo tenía media hora para hacer el transbordo en Italia, no había tiempo para visitas ni nada parecido. Además solo quería que llegar a casa.

Franky me llevó al aeropuerto una hora antes, ya que después tenía compromisos ineludibles, así que no podía llevarme más tarde. Por supuesto, me pidió perdón por no haber podido estar conmigo el tiempo que hubiera querido, ni llevarme al ballet, ni a todos los sitios a los que había prometido.

No importaba, por lo menos, ahora sabía seguro donde había un lugar, donde no me esperaba nadie, y por fin podría dedicarme de lleno a mi trabajo sin tener que pensar en otras cosas.

Así que, Astoria, ¡prepárate, que ya vuelvoooooooooo!!!!!!

 

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