VICKY O VICTORIA

               - Que no, Vicky, ya lo sabes, para ti lo que quieras, pero a tu hija no le dejo ni un duro para que luego lo tengas que pagar tu.

                -Ya lo sé mujer, pero ¿qué quieres qué haga?

                -Pues decirle que no, y menos para irse a Cuba otra vez.

                -Si ya se lo digo yo, mira que irse tan lejos para acostarse con un tío…

                -Pues eso.

                Y así discutimos, amistosamente, una vez más…por teléfono, ella ya casi no puede moverse de casa.

 

                 Vicky, es una de mis clientas más especiales. Es todo un personaje en el barrio. Les diría que se la imaginen, pero sin conocerla, es imposible. Puede que quizá la reconozcan por su físico, pero nada más, y eso, no es conocerla ni por el forro, como ella misma diría. 

                Vicky, regenta un burdel en la calle de al lado de mi despacho, desde tiempos inmemorables. Hace tanto de su inauguración, que un compañero mío, que ya está  jubilado de largo, presumía de haberse dejado allí las pistolas cuando cumplía con el Servicio en la Policía Militar, ¡vamos que ya llovió!

                Viky dice que es puta, pero honrada, y a fe que jamás dejó un duro a deber a nadie, ni siquiera al banco, que ya es decir.

                 Con sus pelos teñidos de rubio estridente, espeluchada al máximo, ni siquiera podría decir cuántos dientes le faltan. Camina cojeando y aun vestida de leopardo o con la bata guatiní, (no se imaginan de que guisa a podido llegar a presentarse en la oficina para comprobar la autenticidad de un billete de 500),  me despierta una ternura con sus historias y forma de ver la vida, como nadie lo ha conseguido.               

                Nos da consejos y hace regalos, por el pequeño detalle de tratarla con cariño.

               –Tú no sabes lo que tengo que oír en mi negocio, mi niña- me dice cuando insisto en que no es necesario, y que solo la trato como merece.

                 Cuenta que tuvo mala suerte de nacimiento, su madre era más mala que un nublao, y trajo la locura a la mayor parte de su familia, incluido su padre que se suicidó por no aguantarla, pero ella puede con todo. A pesar de la perra vida que lleva, la encara con una sonrisa, y te lo cuenta como Gila habla de la guerra. Incluso para contarte porqué con edad de estar jubilada, ha vuelto al tajo, para pagarle los estudios y una casa digna a sus nietos. Tanto se entrega en la faena, que tiene que ir al médico para que le arregle lo suyo, que le impide para el trabajo, pues tiene tales vértigos, que cuando llega al orgasmo, se llega a desmayar… ni la Presley en sus mejores tiempos. 

                Siempre he sabido, que además de honrada, Victoria es lista como un conejo, pero en una ocasión, me lo confirmó hasta despejar cualquier duda. Un día, que ella cruzó al bar de enfrente de su casa, allá por 2008,  nos pilló mientras discutíamos enfervorecidos, sobre si había crisis o no. Normalmente suele ser discreta, y más, cuando hay gente, pero esa mañana, después de escuchar nuestros argumentos, nos miró fijamente y sentencio: -amigos,  míos, en este país, cuando no hay dinero pa putas, no hay dinero pa nada,  así que poneros en que hay crisis, os lo digo yo”. Creo que aun hoy, muchos recordamos esta frase y siempre que veo las cosas feas, me dan tentaciones de preguntarla, ¿cómo va la cosa hoy?, vamos, por si le parece que se va alejando la crisis, digo yo.

                 Perdón que me he perdido con tanto recordar el pasado y yo solo quería contarles una cosa. ¿Dónde estaba?

                ¡Ah sí!, con lo de enfadarme una vez más, por verla malgastar el dinero que tanto le cuesta ganar puteando,  en los puñeters vicios  de su hija. Pues eso, que tras discutir un poco más, le dije: -por cierto Vicky, que he pensado, eso que me propusiste, y si, voy a escribir tus  memorias. ¿qué te parece?

                 -Que bien María, prepárate ¡que nos vamos a forrar! ¿Cómo quedamos? Hay tanto que contar…

                 Colgué suavemente el teléfono y yo me la imaginé en algún cuartucho del burdel, fumando un cigarrillo, mientras acaricia sus joyas, cada una de las cuales, cuenta una historia. ¿Quizá alguna se la regalaría aquel subdelegado de gobierno al que me contó que…? Pero no puede seguir pensando, su timbre suena,  así que se acabó, y por hoy,solo caben tres palabras: ¡Niñas, al salón!

 

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