NO HAY PALABRAS

 

                Sucedió una tarde, a finales del verano de 1995. Lo recuerdo bien, pues por entonces preparaba las 2 asignaturas que me quedaban para terminar Derecho: Mercantil II e Internacional Privado. Las tenía bien preparadas y por ello, me encontraba en la piscina, junto a mis padres, había poca gente.

                Por aquellas fechas, Isabelita, pues aun no era Doña Isabel, acababa de llegar a la Consejería de Economía de la Junta de Castilla y León, y ni siquiera había tenido tiempo de configurar su equipo. Ella creía que tenia potestad para elegir a sus “puestos de confianza”, y en eso estaba, cuando le propuso a mi madre que se fuera con ella a Valladolid como Jefa de Gabinete de Prensa.

                Con buen criterio, ella declinó su oferta, pues por entonces, era la Directora de un importante Medio de Comunicación en la ciudad, y entre otros motivos que no vienen al caso, prefirió mantener  separada, su vida personal de la profesional, más si tenemos en cuenta que andaba de por medio la política. Sin embargo, entre café y café, ambas pensaron que quizá ese puesto me iría bien a mí, pues no en vano había compaginado mis estudios con trabajos en la radio, y por edad y formación, podría adaptarme bien al puesto.

                Dicho y hecho,  y así me lo propusieron. Yo acepté de inmediato, no sin antes realizar varias llamadas, entre otras, y supongo que al cabo de los años, se puede contar, al Decano de la Facultad de Derecho, D. Javier Fernández Costales, al que me unía y aun  me une, una gran amistad, para comentar las posibilidades que tenía de adelantar los dos exámenes que tenía pendientes a lo largo de septiembre, pues era necesario que me incorporase el día 1 de septiembre a mi nuevo puesto de trabajo.

                Mientras aquello se solucionaba, empecé a toda máquina con los preparativos, que consistieron, poco más o menos que en una llamada a mi abuela, para que me preparase cama en su casa, una segunda reunión informal con Isabel en la terraza de una conocida cafetería en el Paseo de la Condesa y un viaje a Valladolid para entrevistarme con alguien, que por aquellas, mandaba más en la Junta que la recién nombrada consejera, y que agradeciéndome mi visita, se limitó a decirme que debía haber habido un mal entendido pues el puesto de trabajo al que optaba ya estaba cubierto.

                Si, así, de un plumazo, me quedé compuesta y sin novio o mejor dicho, sin trabajo y con dos palmos de narices.

                Curiosamente, Isabel encajó esta noticia mucho peor que yo misma o mi familia, que sinceramente, comprendimos como algo que podía suceder, pero  a partir de entonces, las distancias con ella fueron creciendo, y las tardes de cafés y piscina, no se volvieron a producir.

                Pasaron los años, y gracias a este “no trabajo” y muchas otras circunstancias, nuestras vidas se volvieron a cruzar tal que 10 años después,  casualmente también cuando Isabel aterrizaba en una nueva andadura política, en este caso, como Presidenta de la Diputación de León. Por aquellas, no había abandonado yo esa afición mía tan “insana” por los Medios de Comunicación, y dirigía la revista “Economía y Empresa” que editaba el Colegio de Economistas de León. Me encargaba personalmente de llevar a cabo entrevistas a personajes relevantes de la vida económica, política y social, llamada “una de cal y otra de arena”, por las preguntas impertinentes, o al menos políticamente incorrectas que solía colar entre cuestión y cuestión. Por mi pluma, habían pasado otros compañeros suyos como Antonio Silván o Tomás Villanueva, y de hecho cuando se lo plantee accedió sin ningún problema.

    Preparé a conciencia la entrevista y la llamé varia veces para intentar concertar una cita, que finalmente  nunca se produjo. Ella siempre estaba demasiado ocupada, y yo, ahora lo pienso, fui lo suficientemente orgullosa como para dejarla de lado. Lo suficientemente falta de criterio, para creerme aquello de que la Carrasco se había venido arriba, y ya no estaba dispuesta a ver a cualquiera. Con mi orgullo herido, me busqué un nuevo personaje al que entrevistar, archivé las preguntas que tenía prevista para ella y no insistí más.

                Fue la segunda vez que de alguna manera, sentí que me había dejado en la estacada, aunque quizá si soy sincera, debo reconocer que esta vez, yo misma ayude a quedarme plantada, en un absurdo ataque de dignidad y comodidad. Y ahora lamento no haber intentado aquella entrevista, que me hubiera permitido acercarme a la persona, por encima de otras cosas.

                No había vuelto a pensar mucho en ella, salvo cuando de vez en cuando la casualidad hace que pase de puntillas sobre esa entrevista que  quedó en el olvido,  si bien  guardada en mi ordenador, o simplemente cuando ha sido objeto de noticia.

                Hoy, tras su despiadado asesinato, todo esto queda muy lejos, muy atrás. Solo puedo pensar en su hija Loreto, que apenas era una niña, cuando nos sentamos en aquella terraza del Paseo de la Condesa, a hacer planes de futuro, mientras ella con cara despreocupada tomaba una coca cola, curiosa casualidad, justo enfrente de donde años después su madre perdió la vida.

                Escucho los comentarios quedos y callados en las calles, en las tiendas, a veces en voz alta, cuando se hacen en el anonimato de las redes.

                Todas las televisiones hablan de tan trágico suceso, pero noto  cierta frialdad, es cierto, no le faltaban enemigos políticos, pero, ¿quiénes somos nosotros para juzgar a los muertos? Para eso estará Dios, si existe, o la Historia,  a veces clemente, y otras más despiadada que el mismo Dios que permite que alguien muera en tan ignominiosa emboscada.

                Mejor, juzguémonos nosotros mismos, por nuestros hechos y nuestras palabras, y dejemos que los que ya no están, descansen en paz.

                Desde aquí y con el más sincero cariño, quiero trasladar un sentido pésame a su familia, y a sus amigos, y a esta ciudad, aunque sinceramente, no creo que haya palabras que puedan darles consuelo .

                 Hasta siempre a la Isabel, de las tardes de piscina y noches de Molina 7.

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