El Secreto de Barlovento...IV

      Una y mil veces, gracias, gracias por dejarme contar este cuento a los niños. DE estar con ellos y disfrutar con sus caras atentas. Por permitirme disfrutar tanto o mas que ellos, interpretando las voces de los piratas, o el ruido de un trueno... Ellos fueron los primeros en conocer el final de esta historia, que aquí llegará pronto. Os dejo, con el penúltimo capítulo. Ah, para los que os incorporais tarde, el resto de la historia esta archivada en la pestaña de "relatos"- "cuentos".

*    *   *

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CAPITULO IV

      Al llegar la noche, fingimos que la cena nos había sentado mal y que nos queríamos ir a dormir. Mamá se extrañó un poco, pero como habíamos comido un montón de helado pensó que eso nos habría hecho daño.

Nos quedamos juntos en la habitación, hasta que comenzamos a oír que empezaban los fuegos, entonces, metimos las almohadas dentro de la cama haciendo la forma de un cuerpo por si entraban a darnos las buenas noches y con mucho cuidadito  salimos por la puerta de atrás.

María se había puesto unos pantalones y una camisa mía, y ocultó su melena bajo una gorra marinera que era del abuelo. Yo preparé un petate con algo de comida y un botiquín, por si teníamos que luchar con los piratas y acabábamos heridos. También guardé con gran cuidado la brújula del abuelo y los papeles que contenía la caja del Barlovento. Mamá me había enseñado como llegar a la cueva de los contrabandistas, así que guié a mi prima hasta allí.

Estábamos tan nerviosos, que por el camino, no dijimos ni una palabra. EL ruido de los fuegos artificiales llegaba hasta nosotros, y cuando llegamos al acantilado, el cielo se iluminó con un enorme  cohete de color dorado.

-¡Rápido!- le dije a María, -tenemos que llegar a la cueva antes de que terminen los fuegos.

Yo bajé delante para indicarle donde estaba el tablón que alguien, hace años, encajó entre las rocas para hacer de escalón.

-      Guau, nunca pensé que pudieran se pudiera bajar por aquí.

-      Chiss- la reñí, -podría oírnos alguien.

-¿Crees que vendrán  a por nosotros?

-Ahora lo sabremos cotorra.

Seguimos avanzando por el acantilado, mientras la traca final restallaba con gran fuerza sobre nuestras cabezas.

Entonces, al aproximarnos al borde de la roca, les vimos llegar. Eran los dos hombres que había descrito el abuelo en la barca de remos.

–¡Escondeté!- le dije a mi prima. EL corazón me latía a mil por hora, pero ya era demasiado tarde. Los hombres nos habían visto, y en cuanto la balsa alcanzó la roca, salieron tras nosotros.

-¡Por fin os encontramos, ya era hora, llevamos años viniendo a buscaros, vuestro abuelo os necesita!- dijo el que creí reconocer como Pata Pez.

-No me lo puedo creer, ¿Cómo sabríais que vendríamos?- dije incrédulo.

-Solo lo sabíamos, tu abuelo estaba seguro que antes o después descubriríais la carta. Al principio nos enfadamos mucho por ponernos en peligro, nadie debe saber en tierra que existe el Mar de Aventuras Infinitas. Tu abuelo, lo descubrió por casualidad, pero ahora él es el Capitan y da las órdenes. ¿Estáis dispuestos a acompañarnos pequeños gurmetes? No os puedo asegurar el regreso.

- No nos lo perderíamos por nada del mundo- dijo María, fingiendo una voz más ronca.

-¿Cómo que El abuelo es ahora el Capitán y que le pasó al Capitan Seisdedos?

- Esa es una larga historia…Ahora en marcha, el Capitán está herido. ¿Quién es el aprendiz de médico?.

-Yo…- titubee sin que me dejaran terminar la frase.

-Ya te he dicho que no hay tiempo para más explicaciones grumete, sube al bote, de camino te lo contaré todo. ¿Y él? Dijo señalando con el mismo desprecio que señalaría a un gusano apuntando con su dedo a María.

- Yo también soy aprendiz de enfer… digo médico, asi que también voy- dijo mi prima mientras me lanzaba a la lancha de un empujón.

-Pues no hay más que hablar- dijo Malavida detrás de nosotros.

Tomamos asiento en el banco de popa, y los dos piratas se sentaron junto a los remos. 

         -El tuerto, empujó la barca lejos de las rocas con un remo, y enseguida dejamos la costa a nuestra espalda. Con la oscuridad que había quedado tras los fuegos artificiales, no habíamos reparado, que a una milla de la Cueva de los Contrabandistas, estaba fondeado el Barlovento.

         Me froté los ojos muy fuerte, no era un sueño, y al mirar a María, me di cuenta que ella también miraba el galeón hipnotizada.

         Cuando estábamos más cerca, pude ver el mascarón de proa. Era una sirena con los cabellos al aire de color dorado, y bajo su cola, estaba escrito el nombre del barco en relieve Barlovento II.

         Mire a Malavida con intención de preguntarle donde estaba el Barlovento, pero me dejó mudo con su mirada. No había luz a bordo, y un tenso silencio lo envolvía todo, solo roto por el romper de las olas contra la borda del barco. Una espesa niebla avanzaba junto a nosotros. Setí un escalofrío.

         Por fin noté movimiento en el barco, el vigia nos había visto, y alguien lanzó una escala hasta nosotros.

         Uno tras otro fuimos subiendo al galeón, muy callados.

         Malavida parecía estar al mando, -¡levad anclas marineros!, ordenó a los hombres que había en cubierta, y con una seña, nos ordenó que le siguiésemos.

         Llegamos hasta la escotilla que conducía al camarote del capitán. La puerta estaba tallada en madera, y en el centro,  había una placa de latón.

         El pirata, se giró hacía nosotros y nos dijo:-Espero que seáis tan buenos aprendices como dice vuestro abuelo, porque las heridas que le hizo el malnacido del tiburón que le atacó, no creo que se puedan curar por dos mocosos como vosotros, si le pasa algo al capitán, os pasaré por la quilla.

         Sentí que la boca se me secaba. -¿heridas de tiburón?- me dije. Había visto muchas veces a mi padre coser heridas, pero yo jamás los había hecho, y no estaba seguro de que fuera capaz de hacerlo, pero apreté fuerte mi petate, y viendo la decisión con la que mi prima atravesaba la puerta de camarote, decidí seguirla con la cabeza bien alta.

         -Apártate pasmarote- le dijo mi prima al  marinero que custodiaba la puerta.

         Entonces le vimos, recostado en una enorme cama con dosel rojo. A un lado, tenía una carta de navegación que miraba con atención. Tenía un brazo en cabestrillo, y en la mano libre sujetaba un compás.

 

 

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