EL SECRETO DE BARLOVENTO. Desenlace...

         Ahora si, toca dar "un final a esta historia", espero que disfrutaseis tanto con ella como yo escribiendola...

         Gracias Alberto, por esta preciosa ilustración para un final muy especial...

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  Levantó la cabeza del mapa al oírnos llegar. Yo me quedé pasmado cuando me encontré con los mismos ojos azules que tantas veces había visto en fotos. Tenía la piel quemada por el sol, pero conservaba el mismo aspecto que cuando, que cuando…

         -¡Vais a quedaros ahí toda la noche!- bramó.

        

      María y yo nos miramos, sin saber qué hacer, pero enseguida, el abuelo abrió sus brazos para recibirnos con un enorme abrazo, -¡venid aquí grumetes!- nos ordenó.

         Corrimos hacia su cama, y como dos tontos empezamos a tocarle, sin creer aun que estuviese vivo.

         -¡Abuelo!

         - Fuera de aquí-, ordenó a sus marineros.- Arruinaría mi reputación si vieran al temible capitán J.Jecan emocionarse con sus nietos-, nos dijo en cuanto salieron por la puerta.

         Nos lanzamos a sus brazos, pero al intentar cogernos, el abuelo reprimió un gesto de dolor.

         -¿Te duele mucho?- le dije.

         Golpeó firmemente con los nudillos primero dos veces, y después tres toques más seguidos. Supuse, que sería la contraseña.

         Enseguida, se abrió la puerta.

Partimos rumbo a costa Ballena, era urgente que llegásemos hasta el pecio donde se había hundido el Barlovento primero, pues todo el tesoro que albergaba el galeón, se había ido a pique,  sin él, jamás podríamos pagar a los Corsarios el nuevo barco. Eso supondría que nos persiguiesen de por vida, y después de pasarnos por la quilla, se harían con nuestro barco…

         Una vez dadas las ordenes de poner rumbo al Océano Pacífico, María y yo, nos dispusimos a curar las heridas del abuelo. Jamás había cosido una, pero había visto a mi padre hacerlo en muchas ocasiones, así que ayudado por María, le remendamos una por una, todas las dentelladas que le había dado el escualo. Le obligamos a tomar un calmante para el dolor, y desde luego, convencerle para que se  tragase la pastilla fue lo que más nos costó, Malavida no se fiaba y prefería dar al Capitán un lingotazo de ron cada vez que le veía apretar tanto los dientes por el dolor, que casi se le saltaban.

Amanecía cuando terminamos de curarle y todos estábamos agotados. El Contramaestre del Capitán, nos preparó unos camastros en el camarote y dormimos buena parte del día.

Navegamos durante 7 días y 7 noches. Enseguida, la mejoría del abuelo fue notable. Pasábamos el tiempo escuchando todo lo que había sucedido desde que embarcó en el Barlovento, y cuando el tiempo lo permitía, pasábamos largas horas en cubierta, aprendiendo a orientarnos con el sextante por el día, y con las estrellas cuando oscurecía. En la séptima noche, se levantó una gran tormenta, justo cuando avistábamos el faro de Costa Ballena.

         -Si esta tormenta no amaina pronto, el Barlovento terminará de hundirse y jamás recuperaremos nuestro tesoro-dijo contrariado el Capitán J. Jecan.

         Pero la tormenta arreciaba. Las olas, nos pasaban por encima, y tuvimos que atar las pocas provisiones que nos quedaban con cuerdas para que no aplastasen a alguien . Nadie durmió, y pasamos la noche capeando el temporal con riesgo de  estrellarnos contra los acantilados, solo la pericia de mi abuelo al mando del timón, nos mantuvo a todos a salvo.

Y tras la tempestad y con el  amanecer, por fin llegó la calma.

Fondeamos cerca de la costa. Fue increíble ver como el ancla llegaba hasta el fondo.

El agua en Costa Ballena, es tan clara, que permite ver los arrecifes   hasta más allá de los 20 metros. Sin embargo desde la superficie, el  palo mayor del Barlovento I no asomaba por ninguna parte. La tormenta, había terminado de hundirlo.

 Se arriaron las tres chalupas que había en el Barlovento II para buscar el barco, y no tardamos mucho en encontrar sus restos,  pero cuando llegó el momento de buscar la manera de llegar hasta el tesoro... No es que estuviera a demasiada profundidad, tan solo 20 brazadas, calculó el Contramaestre, pero ni siquiera Jim el Sordo era capaz de pasar demasiado tiempo a esa profundidad sin respirar.

Nos llevamos una gran decepción al principio, pero si algo caracteriza  a los piratas es que están acostumbrados a que no les pongan las cosas fáciles, y mucho menos a rendirse a la primera, por ello, todos nos retiramos a pensar la manera de llegar al tesoro. Mi prima y yo nos devanamos los sesos durante horas pensando en la solución mientras paseábamos por la playa, sin que se nos ocurriese nada. Cuando el sol estaba en lo más alto, el abuelo nos ordenó ir a refugiarnos a un sitio fresco, entre las provisiones que habían bajado a tierra. Apoyé mi cabeza entre las manos, absorto en los tarros  donde conservaban el escabeche. Uno estaba medio vació. Observe como se distorsionaban las figuras a través del cristal, y los chanquetes que flotaban en el tarro que había al otro lado.

-¡Claro, ya sé como lo haremos!!!- exclamé a voz en cuello.

-Pero ¿qué dices loco?- me dijo mi prima a la cual casi mato del susto al despertarla de su siesta.

- Improvisaremos unas escafandras… Corre, busca una cazuela.

-¿Para qué?

-Busca una cazuela y no preguntes, ¡haragana!

María me lanzó una enorme cazuela de latón a la cabeza, que me la hubiese abierto en dos, si no fuera porque la esquivé en el último momento. En otras circunstancias, le habría dado un buen escarmiento, pero no había tiempo. Vacié el tarro de arenques en escabeche en la cazuela, y la aclaré en la orilla tan bien como pude, y ¡Aja!, comprobé que me entraba la cabeza perfectamente.

- Muy bien listillo, ¿y ahora qué?

-Rápido, subamos a bordo, tenemos que hablar con el abuelo, ahora solo necesitamos unas cañas de azúcar vacías, pez y el fuelle de atizar los fogones.

Trepamos por la escala del barco tan rápido como nos permitía nuestra carga, pues el tarro, aun vacio, pesaba lo suyo. Encontramos al abuelo en su camarote, estudiando las cartas de navegación de la zona. Al vernos entrar sin llamar a la puerta, nos miró y nos dijo- ¡diantres!, ¿es que no os han enseñado modales en vuestra casa…? pero, ¿a que huele?

- A escabeche- dije tímidamente.-Creo que ya sé cómo podemos llegar hasta el Barlovento hundido.

Cogí una pluma y un papel del escritorio del camarote, e hice un dibujo lo mejor que pude, pues aun no me había acostumbrado a escribir con pluma y tinta,  y se lo enseñé al abuelo.

-¿Por qué no probar?- Dijo animado

Nos pusimos manos a la obra, y diantres, funcionó, claro que funcionó, Tardamos todo el día en hacerlo, al principio, Jim, que sería el encargado de bajar hasta el fondo, se resistió un poco, pero el abuelo se había negado en redondo a que fuese yo quien probase la utilidad de mi invento. Tuvimos que dar varias capas de pez sobre la chaqueta más gruesa que encontramos para unirla al tarro de cristal y así evitar que entrase el agua. Mientras la ropa se ennegrecía, algunos hombres se dirigieron a tierra firme en busca del las cañas de azúcar más gruesas y de tamaño más parecido para poder ensamblarlas con unas muescas tras vaciarlas.

Solo aguantarían unos minutos, pero si Jim trabajaba rápido sujetando bien fuerte el tesoro a unos cabos y era capaz de llevar el otro extremo de vuelta al barco, luego tendríamos todo el tiempo del mundo para izarlo a bordo.

El olor de escabeche, pronto quedó disimulado con el de la pez, que era mucho peor. Trabajamos todos en equipo, rápidos y precisos, y antes de que la pez se pusiese lo suficientemente dura como para que impidiese los movimientos de  Jim el Sordo, le bajamos al fondo poco a poco, cada brazada, se añadía una nueva caña, y el Tuerto, manejaba el fuelle con destreza enviándole bocanadas de aire. Conforme Jim descendía, me parecía imposible que aquello saliese bien, pero en el lenguaje de los piratas, imposible, es solo un adjetivo que con esfuerzo y tesón se podía convertir en simplemente improbable, para terminar siendo, simplemente posible.

Y así, cuando estaba a punto de que le fallasen las fuerzas  y el aire, pegó tres tirones a la cuerda.

-¡Bravo, bravo!- Gritamos todos. Jim había conseguido atar  el cofre del tesoro. Cuando por fin emergía, lleno de algas y colorado como un pez globo por la falta de aire, parecía más un astronauta que un buceador.

–Rápido mi sable- dijo el Capitán viendo que no había tiempo para despegar el traje de pez del cuerpo de Jim. Y con un preciso mandoble, rompió el tarro de cristal, sin hacerle ni un rasguño.

-Gracias capitán- dijo el marinero desplomándose sobre cubierta del susto.

Todos nos reímos mucho, pero los hurras se escucharon hasta el otro lado de la bahía cuando por fin y una vez comprobado que Jim el Sordo estaba bien, y solo se había desmayado de un patatús, conseguimos alzar el cofre del tesoro intacto hasta el barco.

         -Ha sido un día muy duro-, dijo al fin  el Capital J.Jecan, -pero esta noche, haremos  una gran fiesta en honor de mis nietos.

         Todos se pusieron sus mejores galas, y el cocinero, asó conejos  que cazaron en la isla. Fue un gran festín, pero lo mejor, fue el regalo que nos hizo el abuelo cuando se abrió el cofre del tesoro. Nada más y nada menos que  una moneda de oro tan grande como la palma de nuestra mano.

         -La conservaré siempre- le dije al abuelo, cuando nos dio las buenas noches en su camarote.

         -No lo dudo, hijo- me dijo cerrando su puño sobre el mío. –Ahora descansa, y recuerda, que estaré siempre, muy cerca de vosotros, estéis donde estéis.

         Lo último que noté aquella noche, fue su mano áspera y cálida, rozando mi mejilla.

*   *   *

         Una tenue luz, propia de las mañanas de verano, se coló en la habitación entre las rendijas de la persiana. Abrí los ojos, en la penumbra, al notar que alguien estaba acariciando mi cabeza, supuse que era el abuelo. Entonces, me di cuenta, de que era mamá quien enredaba sus dedos entre los rizos de mi pelo. Me incorporé, confundido, aun con mi corazón en el barco, sin entender como había llegado hasta casa. En la cama de al lado, está María, con la misma cara de desconcierto que yo.

- Buenos días chicos. ¿Habéis dormido bien?- nos preguntó mi madre.

- Mamá- le dije atropelladamente, he estado con el abuelo, y María me acompañaba…., no lo entiendo-, dije mirando alrededor sin comprender, ya no estaba en el galeón, pero tenía la brújula en una  mano y en la otra, una moneda antigua, igual que la de María.

Quise esconder la brújula para que mamá no me riñese, María se había levantado, y detrás de mi madre, hizo la señal sobre los labios enseñándome su moneda, igual que la mía. Mamá vio la brújula, pero no se enfadó, solo dijo,- sabes, yo también he tenido un sueño extraño, no lo recuerdo, pero, algo me dice, que ya es hora de que puedas quedarte con ella. 

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