A TRES METROS BAJO EL CIELO. In memorian

     Existen un lugar en León,  donde hace unos pocos años, llegar a su corazón era una proeza que pocos hombres conseguían, por ello, quienes allí habitaban, lo hacían en una especie de ostracismo, alejados de la civilización en siglos, en vez de en kilómetros.

     Sin embargo, por alguna razón, la naturaleza, decidió regalar a ese lugar, casi insignificante en medio del planeta, un recurso muy especial, que durante años estuvo latente en el interior de sus montañas.

    Existe un lugar en León, en el que sus habitantes, escriben esfuerzo con mayúsculas, en el que el sol brilla con especial violencia en verano, y el invierno es más duro que en cualquier otro, pero eso solo supone un reto diario más y fortaleza para superarse a quienes lo soportan, por eso, cuando en la capital se gozaban ya de cosas que hoy es impensable prescindir, como el agua corriente, unos hombres se pusieron de acuerdo para llevar el primer toro que cubriese a sus vacas, hasta ese remoto lugar en medio de la Cabrera. Tres hombres atravesaron las montañas que les separaban de la zona de Sanabria, a pie, y del mismo modo, regresaron con ese semental que durante años guardaron en la casa del pueblo y les dio riqueza, y les permitió no depender de otros para preñar a sus vacas.

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    Por eso, no me extraña, que a uno de los hombres que participó en dicha empresa, no se le pusiera nada por delante cuando se le metió en la cabeza una nueva idea, por muy descabellada que les pareciese a otros, y D. Bautista se propuso comenzar a explotar ese extraño mineral negro que guardaban muy dentro las montañas de su tierra llamado Pizarra, después de haber sido pastor, tratante, ganadero y quien recuerda cuantas cosas más en su vida.

   Hoy, esa comarca, llamada la Baña, es una de las más ricas y prosperas no solo de León, sino de toda España, y exporta su producción al resto del mundo, pues extrae la mejor pizarra que existe.

   Pero lo más importante, no es solo el éxito comercial de esta idea que hoy se llama Matacouta, lo importante, es que D. Bautista, ha conseguido ver crecer sus canteras al lado de sus hijos y sus nietos, que consiguió impregnar este espíritu de superación a tres generaciones, y disfrutarlo en vida. Este hombre, y quienes luego le siguieron, que como los marineros, enamorados de la vida y de sus esposas, ponían nombre de mujer a cada trozo de tierra por horadar (Aurora, Carmen…), como aquellos lo hacen con sus barcas, han sabido enseñar a quienes les suceden que nada es gratis en la vida, ni siquiera casual, y sus nietos, conocen el sabor del polvo de las piedras al labrarlas, porque están ahí, muy cerca, uniendo fuerzas.

     Con el tiempo, y detrás de D. Bautista, otras familias explotan esas montañas, y varios Grupos compiten por ser los mejores, y la carrera por ello es dura, y las batallas se suceden, pero al final, el mismo espíritu impregna a todas ellas, y cuando llega el momento de la tregua, saben guardar las armas por un tiempo, para presentar sus respetos a quien lo merece, como hace unas semanas hicieron en el homenaje que su familia llevó a cabo a D. Bautista. Allí estuvieron todos, sin excepción, empresarios, trabajadores, amigos, familia, vecinos… rindiendo su particular tributo a un hombre al que como nos contaba el sacerdote que ofició la misa, y que tanto le había acompañado en sus últimos días de enfermedad, nos contaba como anécdota que al momento de la extremaunción cuando el médico que le atendía le preguntó cuál fue su profesión en la vida, D. Bautista dijo: -pastor, he sido pastor toda mi vida-. ¿Y quien dice que no?

    También este sacerdote, dijo de D. Bautista, que fue un hombre afortunado, porque su familia le cuidó y le mimó, hasta el final, y ¡que gran consuelo, para ellos saber que quien cuida de sus mayores, se le perdonan muchos pecados! Quid pro quo... Así es la vida.

    Yo tuve la enorme suerte de estar allí, en ese tan sentido como merecido homenaje, contemplando pasado y futuro, disfrutando del paisaje, aquí gris, allá verde, de un sol que a veces brillaba con furia, y a veces sucumbía bajo la sombra de las nubes que también querían darle su último adiós, a la vera de un enorme monolito de pizarra adornado con musgo y enredaderas, sencillo, recio, ligeramente rugoso, como su vida, pero sin dobleces, y apuntando arriba, muy arriba, en un lugar al que cuando acudo, me siento, a solo tres metros bajo el cielo, pues si entornas ligeramente los ojos, dirigiendo la vista a la parte más alta de sus montañas y alargas la mano, llegas a pensar, que casi, puedes tocar el cielo con la mano.

   Querido D. Bautista,

    D.E.P.

 

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