A VECES SUCEDE

PROLOGO

            ¿Alguna vez se han parado a pensar en la suerte que tienen los personajes de ficción?

            Por una lado cuentan con  máquinas del tiempo que consiguen hacer retroceder la historia cuando algo falla, y por si fuera poco, también tienen a los superhéroes que cuentan con poderes suficientes para detener el mundo, e incluso como hacía Superman obligándole a girar en sentido contrario para llegar a tiempo a recoger a la chica en su caída al vació antes de que se estrelle contra el suelo.

            En la realidad, por desgracia, no tenemos máquinas del tiempo, ni podemos parar el mundo cuando los malos arrojan a la chica desde un balcón. Pero tenemos imaginación, y podemos escribir historias. Incluso reescribir las que pasaron haciendo que tengan un final feliz. ¿Eso es la Historia con mayúsculas hasta cierto punto, no?

            Pues con su permiso, esto es lo que yo he hecho en este pequeño relato.

            No, no me entiendan mal. No pretendo ni mucho menos reescribir la Historia. Solo se trata de dar un vuelco a mi pequeña historia con minúsculas, lo primero sería muy pretencioso por mi parte, o de tontos si quisiera engañarme a mi misma con lo que de veras sucedió. A fe de ser sincera lo cierto es que no tengo ni idea todavía de cómo va a terminar lo  que les voy a relatar. Por eso, tan solo, me he permitido una licencia diferente.

Verán, estaba tan triste cuando por un momento creí que terminaba que pensé ¿por que no escribir un nuevo principio? Y eso es lo que he hecho; inventar una máquina del tiempo imaginando un futuro que nos permita empezar de nuevo.

¿Te imaginas?

*   *   *  * 

Nunca imaginó que un viejo Wolkswagen Escarabajo pudiera despertar el interés de tantos compañeros.

Se había resistido durante años a venderlo. Su padre se lo regalo al cumplir los dieciocho años, y aunque ahora hiciese demasiado tiempo de aquello se sentía como si le traicionase de algún modo. 

Su novio tenía razón, solo era un viejo trasto que ahora ocupaba demasiado en el garaje. Pero para ella era como deshacerse de un viejo amigo. ¿Qué importaba el reguero de  negro  aceite con el que impregnaba el suelo cada vez que se detenía, o que solo arrancase cuando le diera la gana?

Pero ya estaba hecho. Habían  transcurrido solo dos días desde que había colgado el anuncio y ya había recibido varias ofertas. No se había atrevido a dejarlo en manos de cualquiera, y por ello solo había hecho la oferta de venta en una página Web que la empresa en que trabajaba poseía para facilitar la compraventa de objetos, mascotas, pisos...etc. entre compañeros.

Se acercaba el fin de semana y quería dar por zanjado el asunto lo antes posible. Le entristecía mucho pensar en ello, pero no quería volver a discutir por ello, ya tenían demasiados asuntos por los que hacerlo.

Sonó su móvil de nuevo. Era otro número que desconocía aunque el prefijo le era familiar. – ¡Vaya ahora desde Orense! – Pensó.  Añoraba Galicia desde que se fuera a vivir a Madrid.

- Hola, llamaba por lo del anuncio – Una voz jovial la saludaba desde el otro lado.

- Si hola, es aquí – le respondió ella a la espera de recibir alguna información más de su interlocutor a parte de un acento terriblemente familiar y agradable al oído.

- Mira he visto que tienes un escarabajo para vender y me interesa bastante. Yo te llamo desde Orense, ¿dónde está el coche?

- Lo tengo en Madrid, así que me parece que no te pilla muy a mano. – Le respondió ella.

 En el fondo le encantaba poner inconvenientes a la venta del coche para poder mantenerlo un poco más en su garaje.

- Pero eso no importa. Yo tengo que pasar por allí en unos días y podría recogerlo. Dime ¿es granate verdad? Lo ponía el anuncio.

- Si, con la tapicería en cuero beige, aunque necesitaría un repaso. Es muy bonito, - dijo ella sin poder contener el orgullo que siente uno por aquello que ha cuidado y conservado durante años. – A veces se pone un poco tonto para arrancar, pero claro el pobre tiene veinte años- continuó explicando inconscientemente.

- Ya me imagino, pero dime ¿está bien por lo demás?- Insistió él.

- Bueno, conmigo lleva diez años y siempre se ha portado fenomenal – le dijo Mara, mientras enroscaba un mechón de cabellos rubio entre sus dedos inconscientemente como hacía siempre  que estaba inquieta.

- Verás en realidad es para mi hermana. Le hace mucha ilusión, pero tendría que decírselo a ella. ¿Puedes mandarme una foto del coche?

- Si claro. ¿Estás ahora en la Oficina?

- Si, te doy mi mail y me la pasas ¿vale? Es que mañana me voy unos días de vacaciones y me gustaría dejar esto arreglado si nos ponemos de acuerdo…No te importaría esperar a que lo recogiese dentro de una semana ¿verdad?

- No claro – murmuro. Le vio tan seguro de si mismo que ni siquiera le dijo que había otras personas interesadas en el coche, aunque desde luego, ninguna de ellas tan resuelta como él.

- Me llamo Diego – la había dicho cuando colgaron el teléfono comprometiéndose a llamarla al día siguiente  con una respuesta. Ni siquiera la había preguntado su nombre.

Aun llegaron nuevas llamadas a lo largo de ese día, a al día siguiente, aunque por algún motivo no llegó a comprometerse realmente con nadie después de la llamada de él.

 Ese viernes la jornada acababa a las tres  de las  de la tarde y cuando un  mail llegó por equivocación al correo electrónico de su compañera de departamento, ella ya había apagado su ordenador. Así que pudo disfrutar de un  fin de semana más de su coche.

Zzzzzzzzz, Zzzzzzzzz, insistió su despertador después de que lo apagase por tercera vez. – Un ratito más – pensó acurrucándose entre las mantas mientras abrazaba con más fuerza al koala de peluche gris con quien compartía cama las noches que estaba sola, que de momento eran la mayoría de ellas. Su chico trabajaba en otra ciudad y no solían verse más que los fines de semana.

El reloj siguió zumbando insistentemente arrancándola definitivamente de su sueño. Había vuelto a soñar con su padre. Todavía no se hacía a la idea de que durante ese verano un terrible infarto se lo hubiese arrebatado de su vida para siempre. 

Cogió la ropa que el día anterior había colocado impecablemente sobre la silla que tenía a los pies de la cama. Era un ritual que practicaba día antes de acostarse. No es que ella fuese una persona obsesionada por el orden. Se trataba de una mera cuestión práctica. Mara pensaba que vivir sola tenía la gran ventaja y también la desventaja de que nadie cambiaba de sitio sus cosas mientras estaba fuera de casa, por eso ella siempre buscaba el modo de que todo estuviese lo mas ordenado que se pudiese con el menor esfuerzo posible, y por que no decirlo, con lo remolona que era por la mañana si no hubiese pensado la noche anterior en la ropa que usaría por la mañana llegaría a trabajar tarde todos los días.

Se mantenía aun un tiempo esplendido. El verano tocaba a su fin, pero el sol lucía radiante y eso la hacía sentirse bien.

Arrancó su coche, un moderno Audi A3 blanco, y se dirigió a la oficina mientras escuchaba las noticias de la radio, aunque seguía pensando en la venta del viejo Wolkswagen. – A ver si me llaman hoy – se dijo mientras aparcaba.

Pero en un buen rato no pudo pensar en ello. La mañana comenzó a un ritmo frenético y apenas pudo prestar atención  a una persona que se interesó en ir esa misma tarde desde Valladolid a ver el coche.

- ¡ Mara ¡ - Su compañera le estaba haciendo señas blandiendo un papel en la mano mientras ella atendía una llamada de un cliente que esperaba el informe trimestral de producción. – Creo que esto es para ti, alguien confundió nuestras iniciales.

Hizo rodar su silla alargando el brazo que tenía libre en dirección al papel que le ofrecía Maite desde su puesto.

- Mi hermana quiere el coche – leyó mentalmente mientras intentaba no perder el hilo de la conversación que mantenía por teléfono.

Te llamo para ver como quedamos. El lunes próximo estaré por la mañana en Madrid.

Saludos:

Diego

- Si, perdone- dijo a su interlocutor apartando el papel en el que habían imprimido el mensaje. Tenía fecha del viernes pasado. -¡Mierda! – pensó cuando recordó  la llamada que había tenido hacía un par de horas. – Y ahora cómo se lo explico al otro señor que quería venir a verlo.

Cuando terminó con la llamada buscó en el registro de empleados a la persona a la que se suponía había vendido su coche hacía tres días. Localizó enseguida su oficina y marcó el número.

- Lo siento pero estos días no está en la oficina, Diego está de vacaciones – le dijo su compañero.

- Si lo sé, precisamente por eso llamo. Es que él está interesado en un coche que había yo anunciado en la Web y el viernes me mandó un correo para confirmarme que lo quería, pero no lo he visto hasta hoy. ¿Podría darme su número de móvil? – intentó ella.

- Ah, si le oí comentar algo sobre ese tema. Espere un momento.

Afortunadamente le habían dado ese número y pudo hablar con él esa misma mañana. Estaba en Palma pero el domingo por la noche llegaría a Barajas. La llamaría el lunes por la mañana y se pondrían de acuerdo para recoger el escarabajo. Había llevado su coche a Madrid, pero  podría facturarlo en un tren hasta Coruña y recogerlo allí.

Mientras conducía en dirección al aeropuerto iba pensando en aquellos días. Por supuesto que consiguió hablar con él y se vieron. Una mañana tan soleada y  calurosa como aquella misma mañana, aunque por entonces era otoño, y ahora comenzaba la primavera.

Miró el reloj impaciente. Su vuelo salía en menos de hora  y media y el tráfico estaba imposible.

Dejó atrás el semáforo y se incorporó lentamente a la M-30. 

Pensó en sus ojos. Se le quedaron grabados desde el primer instante. Se sorprendió tanto al verle salir de la puerta del hotel en el que habían quedado la primera vez que se vieron, que no podía dejar de mirarlos fijamente. Esperaba haberse encontrado con alguien más mayor. La mayoría de sus compañeros de trabajo superaban con mucho la cuarentena, pero él debía tener su misma edad.

Vestía con un polo verde y unos vaqueros desgastados. Su pelo castaño ligeramente ondulado le caía  sobre la frente tostada por el sol de las islas.

Odió ir vestida tan formal cuando le conoció.

- Seré estúpida, solo he quedado para venderle un maldito coche y tiene una novia preciosa.  ¿Pero porqué nos estamos mirando de esta forma?- Había pensado. Y ahora lo sabía. Alguien la había dicho alguna vez que las casualidades no existen, solo el destino. Por eso, debía hacer lo que fuese para no perder ese avión. Él la esperaba en el puerto de Barcelona para embarcar en el Esperanza del Mediterraneo. -Un nombre muy apropiado- pensó para una aventura así.

Poco a poco fue ganando velocidad, parecía que el atasco disminuía ligeramente cuando se acercaba a la salida a la N I.

Puso un compact que él la regaló la siguiente vez que se vieron. Casualmente  coincidirían en un curso en el Escorial sobre la Nueva Ley Concursal. Ambos eran auditores y su empresa se tomaba muy en serio el reciclaje de sus empleados.

- En realidad no iban a coincidir exactamente – reconoció ella mientras escuchaba a Javier Barden recitando “Mar Adentro”.  No estaban citados para la misma fecha, solo para el mismo curso.

Solo di una pequeña excusa para que pudiéramos encontrarnos allí. Me venía fatal ir a la siguiente semana tal como estaba convocada.- dijo en alto como si alguien pudiese escuchar su coartada.

Frenó bruscamente, la circulación se  había vuelto a parar. Miró el reloj desesperada. Le quedaban 45 minutos para poder facturar las maletas.

Siguió recordando su primer encuentro. Estaba nerviosa y salió una hora antes del trabajo para llegar antes que él al Escorial. Y sobre todo, tener tiempo para despojarse del disfraz de ejecutiva. Había escogido cuidadosamente la ropa que llevaría a la cita. Solo una camiseta de algodón y unos viejos vaqueros con unos zapatos náuticos.

Nadie podría imaginar que dos personas que no se conociesen de nada pudieran tener una química tan fuerte en solo unos minutos.

Y antes de que se dieran cuenta, los dos disfrutaban en el Corner, un Púb. de estilo Inglés al que volverían otras muchas veces, de una cerveza, una sonrisa y una  charla que parecía no acabaría nunca.

- Tenían tanto que decirse todavía como aquel primer día, cuando ella le había dado permiso para fumar cuando él se lo pidió- pensó mientras se desviaba a su derecha para salir del atasco.

Le había dicho que podía hacerlo ya que no tenía que besarla esa noche. Aunque ella deseara que lo hiciese con toda su alma.

Y lo hizo. – Vaya si lo hizo – recordó sintiendo como se estremecía aun pensando en el contacto de sus labios y el olor a Loewe que se le pegaba a la piel después de estar con él.

Miró un instante hacía su bolso. Tendría que haberle llamado para decirle que ya estaba de camino al aeropuerto y saber si él estaba ya en Barcelona. Ël lo había hecho al facturar en el aeropuerto de Vigo, pero eso había sido a primera hora de la mañana.

No le dio tiempo a esquivar el golpe. Un coche se había metido en su carril sin ceder el paso y en un instante estaba girando sobre si misma como una peonza.

- ¡Dios no me puede pasar esto hoy! – Imploró mientras intentaba mantener el control del coche. Pero la mediana estaba cada vez mas cerca y la colisión era inevitable a esa velocidad. – ¡Tengo que coger un avión…!

Las maletas iban saliendo poco a poco en la cinta transportadora. En unos minutos divisó su bolsa de Luy Vuiton.

El reloj del aeropuerto del Prat marcaba las dos y treinta y siete. Tenía tiempo de sobra para tomar un bocado antes de embarcar.

Encendió su teléfono móvil. Ninguna llamada perdida. Pensó en llamarla pero imaginó que en ese momento debería estar facturando su equipaje. Habían hablado esa misma mañana.  En tres horas estarían juntos sobre la cubierta del barco navegando rumbo a Niza.

Cogió la bolsa en cuanto pudo alcanzarla. Pesaba poco, no necesitaba demasiado equipaje para este trayecto. Le bastaba estar junto a ella.

Un taxi le llevó hasta el puerto. Hacía un día magnífico en Barcelona.

Algunos pasajeros empezaban a embarcar cuando llegó al muelle. Decidió subir a bordo. Le daba tiempo a localizar el camarote y deshacer su equipaje mientras la esperaba. Además comenzaban a rugirle las tripas. No había probado bocado desde las ocho de la mañana.

            Una azafata chequeo su pasaje. Le asignaron un camarero que le acompaño hasta su alojamiento. Al despedirse éste se puso a su disposición y le sugirió que fuera a la segunda cubierta donde invitaban a los pasajeros un cóctel de bienvenida.

Estaba feliz.

Miró de nuevo el teléfono. No tenía cobertura en el camarote así que descartó la idea de deshacer el equipaje por si ella le llamaba.

Varios camareros uniformados repartían aperitivos. La chimenea del barco silbó grave. Anunciaba que quedaba una hora para partir.

Llamó a Mara, pero su teléfono estaba apagado y por un instante comenzaron las dudas de nuevo. - ¿Se habrá echado atrás en el último momento? – se preguntó. Tocó la carta que llevaba en el bolso de su chaqueta y se tranquilizó. – Allí estaré, te lo prometo – le había dicho.

- Lo prometió.

- ¿Cómo dice Señor? – Le preguntó el camarero que le ofrecía una bandeja con refrescos.

            - Nada…, disculpe…           

No se había dado cuenta de que hablaba en alto. Dio un paseo sin prestar demasiada atención a lo que ocurría a su alrededor. Recordaba cuando poco más de un año antes subía sobre esa misma cubierta en compañía de sus sobrinos. Entonces también llevaba la carta en el bolsillo, pero aun no la había leído. La había prometido esperar al atardecer para hacerlo. Y también que la rompería después de conocer su contenido. - Cuando el sol comience a caer a la popa del barco. Será nuestro secreto –Había escrito ella.

Y ahora nuestro secreto descansa en algún lugar del Mediterráneo – le respondió entonces Diego con un mensaje a su móvil.

Pero mintió, aunque solo en las formas. Sabía que alguna vez podrían arrojar juntos esa carta al mar. Y por eso la guardó, y la releyó mil y una veces. Y esa vez ella no le esperaría en tierra, porque estarían navegando juntos.

La chimenea de barco rugió de nuevo sacándole de sus pensamientos. Los marineros trajinaban intensamente en las cubiertas inferiores. Los puentes de proa se levantaban y las maromas se recogían alrededor de los norays de amarre.

Diego miró inquieto el reloj. Ella debería estar ya a bordo. La buscó con la vista a su alrededor. Volvió al camarote. Recorrió cada cubierta…

Pero cuando la última escala fue izada Mara no había llegado le dijeron en el registro de pasajeros. Y su teléfono continuaba apagado.

Habían zarpado sin ella.

La brisa arrastró por su rostro una lágrima de rabia e impotencia que salió de sus ojos verdes mientras contemplaba la estatua de Colon despidiéndose de él en lo que le pareció un gesto burlón.

- ¿Se encuentra bien?

Abrió los ojos atontada aun por el golpe. Un Guardia Civil había abierto la puerta del coche apartándole el airbag del rostro.

- ¿Qué hora es?- le respondió al Agente intentando soltarse el cinturón.

- Espere, no debe moverse – le dijo el hombre intentando impedir que saliese del coche. – La ambulancia esta llegando en este momento.

- Muchas gracias, no necesito ninguna ambulancia – replico ella llevándose la mano a la cabeza en la que sentía un martilleo horrible en la sien izquierda. – Solo necesito llegar al aeropuerto , tengo que coger un avión. Me están esperando.

- Señora, perdone pero es mejor que la vea un médico, ha tenido un golpe muy fuerte.

Pero Mara no hizo caso. Salió del habitáculo y contempló desolada el estado en que había quedado su coche.

Otro hombre trataba de disculparse. – No la vi, se lo juro, no la vi, pero esta bien verdad...- Era el chofer del camión que había colisionado contra su vehículo.

Pero ella no le prestó atención. Buscaba su teléfono entre todas las cosas que habían quedado revueltas en el interior del coche. Se había apagado.

- Malditos  móviles – mascullo mientras forzaba la guantera para sacar la documentación del coche. Solo quería llamar a una grúa y que alguien la llevase al aeropuerto.

Un medico con uniforme de SAMUR se dirigió a ella. - ¿Por qué no deja que se ocupen de eso los agentes mientras viene conmigo a la ambulancia y comprobamos que todo esta bien?

Mara estaba acostumbrada a dar ella las ordenes, y no pensaba ceder fácilmente en su idea de abandonar el lugar lo antes posible. Pero finalmente cedió. Le dolía demasiado la cabeza para seguir discutiendo.

Transcurrió toda la tarde hasta que consiguió salir del hospital firmando finalmente un alta voluntaria en contra del consejo de los médicos que pretendían tenerla en observación toda la noche.

Cuando llegó a casa estaba agotada y desesperada. El teléfono de Diego estaba apagado., y el barco había partido, pero no estaba dispuesta a rendirse, sabía que él la esperaba, en algún lugar del mediterráneo.

Se dio una ducha. Necesitaba despejarse y pensar, pensar rápido.

Después de la ducha se puso ropa cómoda y preparó una ensalada con algunas conservas, era lo único que tenía en casa.

Se sentó frente al ordenador. Necesitaba un billete a Roma. En cuarenta y ocho horas el barco estaría allí, y él también.

Y consiguió lo que necesitaba.

Después le mandó un mail a su móvil . Confiaba en que pudiese verlo.

Tuve un accidente pero estoy bien. Espérame en Roma Pequerrecho. TQDD

- Habana cola, por favor.

El hilo musical del Casino pinchaba  Romeo&Juliet  en ese momento.

Era su segunda noche a bordo y seguía sin tener noticias de Mara. Su teléfono no era compatible con el maldito sistema francés y cuando intentó llamarla desde el barco tampoco tuvo mejor fortuna.

Se acercó a la mesa de Black Jack con intención de distraerse un rato.

La visita a Montecarlo había conseguido alejarla de sus pensamientos durante unas horas, pero al regresar al barco y encontrarse solo de nuevo en el camarote la extrañaba mucho. La quería con locura, incluso sin verla apenas. Pero el teléfono y el correo electrónico le hacían sentirla cerca. Incluso en los peores momentos, cuando tuvieron que dejar de verse porque la situación con sus anteriores parejas había llegado al límite, sabía que ella le amaba, y que con marcar su número y escuchar su voz podía calmar sus deseos de besarla unos instantes aunque después fueran más intensos de nuevo.

Nunca le había fallado, y ahora se sentía vacío. Quizá la había hecho dudar. Reconocía hacer sido frío últimamente. Ya no firmaba sus mensajes con un TQMCI. Pensaba que era una tontería. Pero puede que ella no sintiera lo mismo ahora – pensó.

Pidió cartas al croupier.

Solo jugó unas pocas fichas. De pronto se dio cuenta. Nunca le había fallado, ¿por qué  iba a hacerlo ahora? Le había pasado algo. Seguro. 

Y se sintió estúpido. Pensó que debía regresar a España lo antes posible.

¿Y si no era así?

El ron no le dejaba pensar con claridad. Decidió irse a descansar. Ni siquiera los  gestos de una morena de espectaculares ojos negros que había cruzado con el varias veces la mirada desde la ruleta francesa consiguieron atraer su atracción. Quizá en otro momento…

La mar estaba tranquila y el barco mantenía su rumbo al este.

Cuando Diego consiguió despertar de su sueño inquieto el Esperanza del Mediterráneo ya estaba atracado en el puerto de La Ciudad Eterna.

Decidió tomar un taxi por su cuenta para visitar la  ciudad. Quería volver a una boutique en la que había estado en su anterior visita a Roma. Allí le había comprado un regalo una semana después de conocerse. Estaba en un centro comercial en el que tenían sede todas las marcas más exclusivas del mundo. Vuiton, Cartier, Chanel, Dior…

Le compraría un regalo. Algo mas especial y personal que aquella coqueta gorra azul de LaMartina. Sería su manera de pedirla disculpas por desconfiar de ella y no irla a buscar al ver que no llegaba al puerto de Barcelona.

Sin embargo, cuando regresó al barco por la tarde, las dudas comenzaron de nuevo. Si le hubiese pasado algo lo sabría. Todo el mundo se entera cuando hay una desgracia. Pero nadie sabia que iban a hacer ese viaje. Quién podría comunicarle la noticia

Se encaminó a la cubierta de popa. Había varias personas allí.  Se coloco en lugar a parte, alejado de las conversaciones de la gente.

El sol caía a sus espaldas reflejándose en las miles de gotas de agua salada que salpicaba la estela del barco. Sacó la carta que llevaba en su chaqueta…  Iba a romperla, pero no pudo resistir la tentación y comenzó a leerla, por última vez.

Me lo has prometido, me aseguraste que no abrirías esta carta hasta que estuvieses en el barco. Sentado en popa, al atardecer.

 

Si has cumplido tu palabra, al llevar la vista hacía el mar, debes estar viendo el sol reflejarse en miles de gotas doradas  en la estela del barco, porque navegáis en dirección al Este, ¿verdad?, por eso el sol cae a tu espalda, y solo desde la popa puede hacer que tus ojos al mirarlo, sean de aquel verde intenso y profundo que me atrapó irremediablemente y sin saberlo aquella mañana de finales de verano.

 

No siempre sucede, pero dicen que a veces, cuando dos personas que no se conocen cruzan su mirada, cruzan también sus destinos para siempre. No se sabe en que sentido, ni porqué razón, pero sucede.

Sintió vibrar las tablas del suelo. Alguien se acercaba caminando firmemente hacia donde él estaba.

Se apoyó contra la borda buscando intimidad.

Se había levantado una suave brisa que traía olores de tierra, algunos muy familiares.

Encendieron las luces del barco.

La sombra de unos cabellos al viento oscurecieron la carta

Volvió a sentir su perfume. No quería volverse hacía la persona que sentía ahora muy cerca. No quería romper la magia del momento. Y siguió leyendo.

Tal vez en este instante o en cualquier otro, yo este mirando el mismo mar, aunque sea a muchos kilómetros de distancia, pero estaré imaginando que te cojo la mano, muy fuerte, si cierras los ojos, quizás puedas sentirlo…

Entonces, alguien le tomo de la mano.

Y escuchó su voz que leía en alto el papel que aun tenía entre las manos.

…mil gracias, pase lo que pase. Mil gracias por devolverme la sonrisa. Mil gracias por volver a hacerme emocionar, por conseguir que esté impaciente por ver a alguien, o simplemente encontrar tu nombre en mi correo electrónico cualquier mañana.

Estaba allí. Por increíble que pareciese, Mara había conseguido un billete de avión para Roma y un loco taxista la había conducido entre el caótico tráfico de la ciudad  hasta el puerto a tiempo para embarcar

No hizo falta decir nada. Solo se miraron un instante a los ojos. Después, la acurruco entre sus brazos y terminaron de leer la carta en silencio.

…ahora tienes que prometerme que romperás esta carta en mil pedazos y la arrojarás al mar. Será nuestro secreto, y los grandes secretos son los que unen a las grandes civilizaciones. Nosotros, no somos una gran civilización, pero seguro que llegaremos a ser grandes personas, por ello, este secreto nos unirá como un pacto de sangre,  del que el atardecer es testigo para siempre.

 El sol tocó el mar volviéndolo rojo. En el aire volaron los pedazos de papel como gaviotas siguiendo un barco que ya se perdía en el horizonte dejando a su popa el puerto de  Civitavecchia.  

León, 23 diciembre 2004

 

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